Hace un año, leyendo al elocuente emperador romano Marco Aurelio en sus Meditaciones, me topé con una reflexión que hoy me parece muy propicia traer a relación: “Acuérdate, a partir de ahora, en todo suceso que te induzca a la aflicción, de este principio: No es eso un infortunio, sino una dicha soportarlo con dignidad”. Estoicismo barato, pensarán algunos. Pero yo sé por qué rescato esta sentencia.
Si hoy escribo aquí, en esta columna digital (reservada) de la web de una librería cacereña, lo hago porque puedo, porque quiero y porque me da la gana. Y si estos argumentos pueden parecerles flacos, menguados o insolentes a algunos, los narraré con mayor detalle y terminarán por comprender la razón de mi contundente expresión. Puedo y quiero porque en febrero de 2024, cuando vivía en Fuengirola -cumpliendo mi primer destino como
profesor-, un tipo llamado Juan Manuel Cañas Lozano me llamó para decirme que me venía leyendo desde hacía tiempo, que le gustaba la forma en la que contaba la historia de España y que quería contar conmigo para formar su particular Academia de Platón: “Mi intención no es montar sólo una librería, sino un espacio del saber, de la divulgación… Un Rincón de Pensar”.
Yo, que para entonces me hallaba hasta el cuello sorteando mi primer año de funcionario en prácticas, viviendo lejos de casa, caboteando decenas de enredos personales y sumergido en los compromisos de mi propia web y los contraídos anteriormente con otras páginas y publicaciones de divulgación histórica, miré al cielo e hice algo que llevo marcado en mi sino desde que eché los dientes y empecé a balbucear: me comprometí con un desconocido. Ya habría tiempo de atender a todo. Total, una librería más y un tipo que querría tirar de un joven escritor de bajo presupuesto y muchas letras… Ya se cansaría.
“Fijamos el día 21 de cada mes para publicar tu artículo”, me dijo. Pobre Juanma, no sabía que los prosistas de mi raza somos tan formales como Bertín Osborne reconociendo una prueba de paternidad. ¿Cumplimos? Siempre. Pero al tiempo que nos marca el corazón.
Mandé mi artículo religiosamente cada mes, aunque reconozco que no siempre estuvo para la fecha acordada. Y es posible que, en alguna ocasión (muy contada), el mes tocante se me pasara. Pero tenía mi justificante: la Semana Santa o alguna feria con ocasión taurina aderezada me ponían en un compromiso terrible que me obligaban, con gran disgusto, a apartarme de mi cumplimiento. La paciencia de Juanma y su complicidad con este
“sinvergüenza-sufridor” hicieron, poco a poco, que lo estimara y me plantease la calidad y la voluntad de un hombre que perseguía un sueño digno de alabar. Cómo no voy a escribir para alguien que jamás me ha puesto una traba, que siempre me ha dado las gracias y me ha reconocido una calidad y una importancia que no sé si merezco. Cuando estás cómodo y te sientes como en casa, tienes la necesidad imperiosa de quedarte.
Pero, ¿y el templo de la sabiduría? ¿Qué pasaba con “El Rincón de Pensar” de verdad? ¿Dónde quedaba realmente? Santo varón nuestro Platón. El lugar, aunque parezca mentira, existe, él mismo nos lo enseñó al historiador Esteban Mira Caballos, a Luis Manuel Domínguez (creador del proyecto Ruta Conquistadores) y a un servidor tras la presentación de un libro del primero citado. El problema era -y sigue siendo hasta el momento- que “El Rincón de Pensar” era más un rincón oscuro que un refugio del saber. Las obras… Las malditas obras que traen a nuestro amigo por la calle de la amargura han sido el mayor escollo con el que se enfrenta el pobre de Juan Manuel para ver hecho su sueño realidad.
El colmo llegó la semana pasada, cuando la constructora anunciaba el cierre de la empresa y dejaba tirado a nuestro protagonista con todo el equipo. Dinero, esfuerzo y tiempo perdido… El estrépito fue tan furibundo que el bueno de Juanma llegó a comunicarme que no podía contar temporalmente ¡Conmigo! Después de lo que me ha soportado y del tiempo que me he pegado escribiendo…
Pues miren, por eso mismo me quedo, porque me da la gana. Porque al principio “El Rincón de Pensar” ni me iba ni me venía, pero ahora es mi rincón particular y una causa que tomo casi como propia. Ver a personas como Juan Manuel dejándose la vida por un proyecto personal es el ejemplo de actitud que debemos tomar para afrontar nuestras empresas particulares: “este rincón sale adelante aunque me cueste la vida” me dijo la última vez que hablamos.
Por eso, amigo Juanma, ahora me dirijo a tí. No cejes en tu empeño y cuenta con aquellos que empezamos contigo y sabemos de tu denuedo. Aférrate a tu anhelo con la fe que me transmitiste. Y volviendo al estoicismo con el que empecé y del que soy testigo eres fiel practicante, déjame cerrar con esta sentencia de Séneca en su obra “Sobre la providencia” parafraseando a Demetrio: «Para mí, decía, ninguno me parece más infeliz que aquel a quien jamás sucedió cosa adversa; porque a este tal nunca se le permitió hacer experiencia de sí”.
Manuel Fuentes Márquez

