Hace tiempo conté en redes lo que vi cuando daba clases en un pueblo extremeño con mucha población marroquí. No vuelvo sobre ello. Quiero ir a lo otro, a lo que aquello significa cuando una se sienta, años después, a mirarlo despacio.
Me he preguntado muchas veces qué fue de aquella alumna. La que era brillante, la que al principio no llevaba hiyab porque no quería, la que terminó poniéndoselo, callándose y casándose en menos de un curso. No recuerdo su nombre completo. No sabría encontrarla. Y, sin embargo, sigue ahí, en algún lugar de mi cabeza, levantando la mano en una clase que ya no existe.
Pienso en ella y pienso en todas las que no conocí. Las que pasaron por aquel centro antes que yo y las que pasaron después. Las que ahora mismo, en este curso que termina, están haciendo el mismo recorrido: brillar, encogerse, desaparecer. Es un itinerario silencioso. No sale en las estadísticas de fracaso escolar porque no fracasan: terminan la enseñanza obligatoria con buenas notas. Lo que ocurre después no lo cuenta nadie.
Y aquí es donde, sinceramente, no sé cómo mirarme al espejo. Porque yo era su profesora. Estaba allí. Veía lo que pasaba. Y me marché cuando terminó el curso, como nos marchamos todos los que pasamos por esos destinos. Las dejé donde estaban. Hice mi trabajo —les enseñé lo que pude, les puse notas, les escribí informes—, pero no hice nada más. No supe qué hacer. Probablemente tampoco hubiera podido. Eso es lo que una se dice por las noches para dormir.
Llevo años preguntándome qué les debemos. A esa alumna concreta y a todas las que comparten su biografía. Porque algo se les debe, eso lo tengo claro. La sociedad que las recibió y que vendió su llegada como una postal de integración tiene una deuda con ellas que no se salda llamándolo convivencia.
No se les debe lástima. Eso lo primero. La lástima es la coartada cómoda del que no piensa hacer nada. Se les debe verdad. Se les debe que dejemos de contar la historia bonita y empecemos a contar la verdadera, aunque incomode a todo el mundo: a quienes prefieren no ver y a quienes prefieren ver sólo lo que confirma su discurso.
Se les debe, sobre todo, que no las usemos. Ni para construir el relato amable de la integración ejemplar ni para alimentar el relato contrario. Las niñas brillantes que dejaron de levantar la mano no son munición de nadie. Son personas concretas a las que un día les fallamos.
Lo menos que puedo hacer ahora es no fallar también en el modo de contarlo.
Mercedes Barona

