Por qué hemos dejado que otros escriban nuestro pasado
Hemingway recomendaba escribir borracho y corregir sobrio. Quizá por eso conviene desconfiar de los estados alterados cuando uno se enfrenta a la creación. Pero hay otro tipo de embriaguez más peligrosa que cualquier sustancia: la de la desmemoria.
Salí ayer de la presentación en Cáceres del libro Hernán Cortés, encuentro y conquista, de Juan Miguel Zunzunegui, con esa sensación incómoda de que hemos permitido demasiado tiempo que se escribieran versiones ajenas e interesadas de nuestra propia historia. Cáceres no es un escenario cualquiera: es una de las cunas de aquellos extremeños que cruzaron el océano y cambiaron el rumbo del mundo. Sin embargo, durante décadas, ese pasado se ha contado con culpa, con simplificaciones o directamente con silencio.
Zunzunegui plantea una idea que debería incomodar más de lo que lo hace: México, tal como lo conocemos hoy, no existía antes de la llegada de los españoles. Y dentro de esa empresa, los extremeños tuvieron un papel decisivo. No como caricaturas de conquistadores crueles, sino como protagonistas de un proceso histórico complejo, lleno de alianzas, decisiones estratégicas y, sí, también violencia, como cualquier proceso de poder en cualquier época.
El problema no es reconocer la complejidad. El problema es haber renunciado a contarla nosotros.
Porque cuando uno no conoce su historia, no puede defenderla. Y cuando no puede defenderla, otros la escriben por él. Y no la escriben por amor a la verdad, sino por interés. La historia no es un ejercicio inocente: es una herramienta de poder. Quien fija el relato fija los límites de lo que una sociedad puede pensar sobre sí misma.
En España llevamos demasiado tiempo cediendo ese terreno. Hemos permitido que episodios fundamentales de nuestro pasado se reduzcan a consignas, a leyendas negras recicladas o a lecturas interesadas que, en muchos casos, ni siquiera nacen aquí. Y en Extremadura, esa renuncia resulta aún más grave, porque afecta directamente a una de nuestras mayores aportaciones históricas.
No se trata de glorificar sin matices ni de construir un relato complaciente. Eso sería tan falso como lo contrario. Se trata de conocer, de estudiar y de explicar con rigor. De asumir lo que fuimos sin complejos infantiles ni complejos culpables. De entender que la historia no se defiende negando sus sombras, sino contextualizándolas y evitando que otros las utilicen como arma arrojadiza.
Por eso resulta especialmente relevante que el próximo año se empiece a impartir en Extremadura una asignatura sobre la presencia extremeña en América, Extremestiza. No es un gesto simbólico: es una necesidad. Es una forma de devolver a las nuevas generaciones una parte de su identidad que les ha sido escamoteada o distorsionada.
Un pueblo que ignora su pasado es fácil de manipular. Un pueblo que lo conoce, en cambio, puede discutirlo, matizarlo y, llegado el caso, defenderlo. No desde la nostalgia, sino desde la conciencia.
La historia no es un museo. Es un campo de batalla. Y llevamos demasiado tiempo sin comparecer en él.
Mercedes Barona

