escritos de tabladilla el miedo a la vida

Escritos de Tabladilla. El miedo a la vida

11 julio 2026

No sé qué miedo tienen algunos a la vida. No sé a qué obedece esa obsesión con que no llegue a nacer en unos casos y con que acabe cuanto antes en otros. Porque, con independencia de admitir el aborto bajo determinados supuestos, reconocerse y proclamarse «abortista» me parece terrible. Porque existe un abismo —moral y conceptual— entre aceptar el aborto como una opción, una decisión ante un caso concreto, y convertirlo en causa.

Uno puede declararse naturalista, especista o cualquier «-ista» que defina sus gustos o su manera de entender el mundo; el aborto, en cambio, como bandera identitaria, resulta inexplicable.

Porque quienes así se definen no se limitan a reivindicarlo como derecho: una vez conseguido y afianzado, se oponen con vehemencia a cualquier iniciativa que tenga que ver con el respeto o el amparo a la vida. ¿Por qué molestan tanto aquellos que defienden protegerla desde la concepción? ¿Por qué incomoda que existan ayudas que faciliten la natalidad? ¿Por qué aplauden que se legisle sobre la baja laboral durante la menstruación y, en cambio, combaten cualquier medida que ayude a una mujer a sostener un embarazo? Cualquier embarazo, deseado o no, merece salir adelante y tener apoyo.

Porque de eso se trata en el fondo: de acompañar. No de imponer una moral ajena, sino de que ninguna mujer sienta que abortar es la única salida razonable ante el miedo, la precariedad o la soledad. Esa es la diferencia entre defender una opción y celebrarla como conquista. La primera respeta la libertad; la segunda convierte una decisión dolorosa —lo es, aunque algunos se empeñen en negarlo— en una suerte de mérito cívico.

Y lo mismo ocurre en el otro extremo de la vida. Se puede legislar la eutanasia como una posibilidad extrema ante el sufrimiento irreversible, entendida como excepción y no como solución cómoda. Pero aplicarla como la primera respuesta que se ofrece —a veces la única, casi siempre la más accesible— frente a unos cuidados paliativos dignos o un respaldo real al final de la vida es convertir una salida excepcional en la solución preferente. Que a un enfermo se le entregue antes un formulario para morir que una lista de espera resuelta para tratar su dolor no es progreso, es abandono con apariencia de derecho.

No hace falta tener la fe de nadie para entender que la vida —al principio y al final, la propia y la ajena— merece que se agote cualquier otra salida antes de terminarla. Y, sin embargo, hay quien vive instalado en la certeza contraria, la de que lo prescindible es siempre lo que aún no ha nacido, y que lo urgente, también siempre, es acortar la existencia cuanto antes una vez que ha llegado a su tramo final.

Pues yo no acepto esa certeza, ni como programa político ni como emblema identitario. Entiendo el miedo, el error, la circunstancia que empuja a una mujer o a un enfermo a una decisión que nadie debería tener que tomar en soledad. Lo que no comprendo es el aplauso activista. No comprendo que se llame progreso a resignarse y retroceso a no querer soltar la mano.

Quizá el miedo no sea a la vida, después de todo, sino a lo que exige: compromiso, comunidad, futuro compartido. Y eso, en tiempos de urgencia y de eslóganes, resulta más incómodo que cualquier debate sobre plazos o supuestos.

Mercedes Barona

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