Nunca tuvo el carácter abierto y espontáneo de su padre y es posible que pecase de capitalino-madrileño y sedentario a la hora de gobernar, pero jamás desatendió ninguna de sus tareas de gobierno. Felipe II fue el arquetipo de monarca autoritario (para algunos absoluto) y el modelo a imitar por admiradores y detractores. Adicto al trabajo y minucioso hasta la saciedad, el último de los Austrias mayores cambió la silla de montar y la espada de Carlos V por el sillón y la pluma del despacho. Por eso, no es de extrañar que la historiografía lo recuerde como “el rey burócrata”.
Si bien Carlos V no pudo permanecer el tiempo que debiera junto a su heredero -a causa de las muchas vicisitudes que agitaron su reinado-, el césar germánico fue sumamente estricto con la educación de su heredero y trató de apartar de Felipe a los preceptores más permisivos -véase el duque de Alba- y acercarle a los más estrictos y austeros. Los tiempos así lo requerían. La muerte de su esposa Isabel de Avis, aumentaba esa necesidad y exigía que Felipe adquiriera la madurez necesaria para tomar las riendas de Castilla en su ausencia. Ya desde los 16 años, el joven Felipe conoció de primera mano lo que eran las tareas de gobierno. Por eso, cuando su padre le cedió el testigo en 1556, a Felipe no le asustó. Para entonces, el nuevo monarca -que aún no había cumplido los 30 años-, tenía más que estipulada su jornada de trabajo y estaba al tanto de cuanto ocurría en sus dominios.
Sus coetáneos aseguraban que la rutina del Rey Prudente era agotadora. El monarca tenía ordenado que todas las mañanas se le despertase a las 6:00. Meditaba durante un par de horas los asuntos despachados el día anterior y los que le tocaría resolver en esa jornada.
A continuación, durante hora y media escuchaba misa y rezaba. Desde las 9:30 hasta las 11:00, recibía personalmente a uno o dos consejeros o secretarios de los consejos. Terminado esto, pasaba a comer y descansar hasta las 13:00 horas. Tras reposar, Felipe
volvía a su mesa de trabajo y, hasta las 15:00, se dedicaba a despachar. La hora siguiente la reservaba para las audiencias (de las que no era muy devoto por considerarlas una pérdida de tiempo) y hasta las 18:00 volvía a atender los asuntos de los consejos. Acabada la tarea, y hasta las 21:00 de la noche, el monarca se retiraba a estudiar y leer la documentación que le llegaba y a escribir anotaciones sobre ellas o responder a las mismas. Finalmente cenaba y, para las 23:00, hacía examen de conciencia y se dormía a la espera de repetir la misma jornada al día siguiente a las 6:00 de la mañana.
Felipe era un trabajador inagotable. Siempre prefirió el despacho y la soledad. Procuraba tener cerca a sus principales secretarios y consejeros para poder recurrir a ellos en cualquier momento. Y tan presente tenía el trabajo en su vida que ni siquiera en sus viajes descansaba: para el camino solía llevar consigo una bolsa con documentos y, en caso de saturación en su despacho, optaba por tratar los asuntos en paseos a caballo o a pie en sus jardines.
Lejos queda este celo laborioso y eficaz para la gran mayoría de políticos de nuestros días, que bien pudieran aprender, al menos, una cuarta del denuedo del monarca, que tanto menos se dedicaba a hablar o perder el tiempo con dádivas y retóricas sin sentido como a ejercer sus funciones de gobernante como hombre de Estado consciente de su responsabilidad para con sus dominios y sus súbditos.
Manuel Fuentes Márquez

