Hay tragedias que empiezan mucho antes del titular trágico. Se inician con un presupuesto prorrogado, una partida recortada, una licitación mal hecha. Y, sin embargo, hasta que no pasa algo irreversible, seguimos hablando de mala suerte, de fatalidad, de «nadie podía imaginarlo».
Entre Cáceres y Mérida, en plena A5, el paisaje cambia poco: dehesa, taludes, señales que se repiten. Lo que cambia es el asfalto. Hay kilómetros en los que el carril derecho es una sucesión de socavones, baches y parches mal remendados que obligan a la mayoría a desplazarse al carril izquierdo, aunque vayan a 100 y el código de circulación diga otra cosa. No es una extravagancia de conductores maniáticos, sino una costumbre aprendida a golpe de susto, de rueda reventada, de volante que tiembla. Esa autovía que se conduce «al revés» es un diagnóstico silencioso de cómo entendemos —o desentendemos— nuestras infraestructuras.
Luego llegan las lágrimas, los minutos de silencio, los “homenajes de Estado” (¿se puede ser más cursi?), y las coronas de flores en nombre de instituciones que llevan años mirando hacia otro lado mientras el firme se deshace. Y se nos pide respeto. Se nos pide prudencia. Se nos pide paciencia. Se nos pide de todo, menos lo único que de verdad honraría a las víctimas: responsabilidades. Responsabilidades políticas, técnicas, administrativas. Nombres y apellidos. Expedientes revisados, contratos auditados, decisiones explicadas.
Hablar de dinero no es una falta de respeto: es la forma más elemental de respeto en un país donde los presupuestos no son hojas de cálculo, sino vidas que se juegan cada día en un tramo de carretera, en un puente sin mantenimiento, en una cuneta sin desbrozar. Durante años nos han repetido que los impuestos «son para sanidad y educación», como si el resto fuese un lujo caprichoso. Como si las ambulancias volaran. Como si no hiciera falta llegar vivos al hospital ni al instituto.
A lo mejor no era tan innecesario eso de tener Presupuestos Generales del Estado cada año. A lo mejor sí importaba discutir, partida a partida, en qué se va el dinero. No sólo cuánto recaudamos, sino en qué se gasta y con qué prioridades. Porque no hay para todo, nunca lo ha habido. Y cuando se finge que sí, que el dinero es infinito, es porque alguien ha descubierto que la niebla presupuestaria es un excelente escondite.
Si te dedicas a saquear un país —y saquear no es sólo robar en sobres, es convertir el BOE en catálogo de favores, trocear contratos para adjudicarlos a dedo, inflar obras, apañar modificados, inventar sobrecostes— es imposible mantener las infraestructuras actualizadas y que todo funcione con normalidad. No hay milagro contable que tape un socavón. Tarde o temprano, la realidad pasa factura: se cae un talud, se hunde un puente, se inunda un pueblo.
Por eso conviene seguir el rastro del dinero. Detrás de casi cada desastre hay una cadena de decisiones: un político que subcontrata, que vuelve a subcontratar, que va delegando responsabilidad y recortando calidad en cada eslabón, hasta que el presupuesto inicial se adelgaza como un río en agosto. Lo que empezó como un contrato ambicioso para conservar un tramo de autovía termina siendo el apaño de una brigada saturada, trabajando con medios mínimos sobre un asfalto que ya no da más de sí.
En ese recorrido, cada subcontrata se lleva su porcentaje, cada intermediario engorda el margen, cada gestor firma el visto bueno. Y el dinero que debería ir a hormigón decente, a controles serios, a revisiones periódicas, llega exhausto, reducido a unos cuantos parches de emergencia. Luego, cuando algo sale mal, nos piden comprensión. Nos hablan de circunstancias imprevisibles, de fenómenos meteorológicos, de distracciones al volante.
Pensar es atreverse a unir puntos. Pensar es preguntarse por qué asumimos como paisaje lo que en realidad es una decisión política.
Se puede llorar a las víctimas y, al mismo tiempo, pedir las facturas. Se puede guardar un minuto de silencio y exigir un año entero de explicaciones. Se puede hablar bajito en el tanatorio y en voz alta en el Congreso. De hecho, quizá la única forma honesta de respeto sea esa: no dejar que el dolor se convierta en coartada para la impunidad, no permitir que quienes han recortado en mantenimiento encabecen la manifestación con gesto compungido.
La próxima vez que alguien nos diga que «no hay dinero para todo», tal vez convenga responder con una pregunta sencilla: ¿para qué sí lo hay? Y, sobre todo, ¿quién lo decide? No falta dinero. Faltan prioridades decentes. Y sobran demasiadas manos metidas en el mismo saco.
Mercedes Barona

