Ahora mismo, lo valiente no es decir barbaridades, sino atreverse a decir obviedades sin pedir disculpas tres veces antes. En algún momento entre el selfie feminista y el hilo de Twitter indignado número 7.845, dejamos de discutir ideas y empezamos a recitar dogmas. Y así hemos llegado a este punto glorioso en el que cuestionar lo absurdo te convierte automáticamente en sospechoso.
El catecismo woke tiene sus mandamientos grabados en piedra digital. Por ejemplo: «El género es solo un constructo social, pero a la vez define tu identidad más profunda y si dudas un milímetro eres un monstruo». Ole. O el clásico: «Si no opinas en público de absolutamente todo, es que eres cómplice; si opinas, pero no usas las palabras exactas del manual, también». Y ya el dogma estrella: «Sentirse ofendido convierte automáticamente tu sensación en una verdad incontestable y, por tanto, en ley para los demás». No es lo que es, sino lo que sientes, y que de ahí no te mueva nada.
Pasa lo mismo con el lenguaje. De pronto, decir «mujeres» es sospechoso, «personas que menstrúan» es lo correcto y quien levanta la ceja es etiquetado en tiempo récord. La realidad biológica, la lógica y la gramática han pasado a ser opciones secundarias frente a la emoción del día. Y el problema no es el respeto, que debería ser lo básico; el problema es cuando el respeto se convierte en coartada y en obligación para reescribir la realidad a golpe de trending.
Otro ejemplo: la idea de que todo, absolutamente todo, es violencia. El desacuerdo es violencia, la crítica es violencia, la ironía es violencia, una novela que no encaja en la plantilla de turno es «violencia simbólica». Con esa lógica inflacionaria, si todo es violencia, nada lo es; pero mientras tanto, se exige censurar libros, conferencias o chistes en nombre de la protección infinita de las sensibilidades. La consecuencia es sencilla: la gente deja de hablar, baja la voz, se autocensura y, por dentro, acumula una mala leche monumental.
La teoría del péndulo explica el resto. Cuando durante años te repiten que la ironía es opresión, que discrepar es odio y que tu experiencia vital solo cuenta si entra en las casillas oficiales, al final el ciudadano medio, ese que va a trabajar, paga impuestos y tiene más problemas que hashtags, se cansa. Y cuando se cansa, no pide una revolución reaccionaria; pide, sencillamente, volver a poder decir «esto es un disparate» sin que le caiga encima un pelotón de inquisidores en nombre del Bien.
Desechar lo woke y lo radical, en ese contexto, no es un capricho ideológico; es una medida de higiene mental. Significa dejar de aceptar como dogma que una minoría muy ruidosa puede decidir qué es verdad, qué se puede pensar y qué chiste te está permitido encontrar gracioso. Significa recuperar la posibilidad de usar palabras normales para describir cosas normales sin una auditoría moral permanente sobre cada sílaba.
Volver a un pensamiento racional no tiene nada de épico, pero hoy suena casi subversivo. Es sentarse, mirar la realidad y decir: no, dos y dos no son cinco, por mucho que hagas un hilo, un manifiesto y un vídeo con música épica para convencerme. Es aceptar que hay problemas reales –desigualdad, violencia, discriminación– que se arreglan con leyes, políticas y responsabilidad, no con linchamientos en redes y nuevas palabras para no nombrar lo que incomoda.
Si el péndulo está empezando a volver, será porque muchos han descubierto algo muy simple: tener miedo a decir cosas lógicas es, en sí mismo, el mayor absurdo de todos. Y quizá el verdadero gesto radical, a estas alturas, sea volver a la normalidad de pensar con calma y hablar sin temblar.
Mercedes Barona

