mercedes barona escritos de tabladilla

Escritos de Tabladilla. Memoria selectiva y pactos indecentes

21 noviembre 2025

Se supone que cuando uno viene al mundo, se relaciona con los demás y habita este planeta, lo menos que puede hacer al irse es dejarlo como lo encontró. Si es capaz de mejorarlo en algo, ya puede sentirse orgulloso de su legado.

Y hay muchas personas que opinan así, que quieren hacer del mundo que les rodea un lugar mejor, bien por sus hijos o bien porque moralmente lo entienden necesario. Es cierto que una sola persona no puede salvar el mundo, pero como dice el Talmud, «quien salva una vida salva el mundo entero». A menudo no es tan épico como impedir que otra persona muera, sino de una forma más cotidiana, más cercana. Ayudando a quien está perdido, acompañando a quien se queda atrás o, sencillamente, no mirando para otro lado cuando algo está mal

Y ahí empieza el problema: ver lo que está mal exige tener ojos, y usarlos. No para mirar solo el móvil o el plasma del Consejo de ministros, sino para distinguir entre el bien y el mal, entre la ética y la conveniencia. Lo malo es que, en España, últimamente, la conveniencia es la primera ministra, y la ética anda de excedencia. Pedro Sánchez lo ha elevado a la categoría de arte: pactar con cualquiera con tal de seguir en la foto. Con quien ayer le parecía impensable, hoy se hace selfies. Y al que le recuerda lo que prometió, lo borra del grupo.

Así, en un país donde ETA ya no mata —gracias a Dios—, pero sí blanquea, y donde algunos llevan más prisa en reescribir la historia que en aprenderla, el presidente firma acuerdos con quienes aún no han sabido pedir perdón a las víctimas. Y todo en nombre de la convivencia, que debe de ser el eufemismo más gastado del castellano. Antes, la convivencia era tender la mano; ahora, parece que consiste en bajarse los pantalones.

Así parece que el nunca suficientemente ponderado ZP consiguió «el fin de ETA» él solito, pero omite que fue traicionando a los Cuerpos y Fuerza de Seguridad del Estado e incluso ofreciendo dinero a los asesinos. Y encima, presume de ello.

Porque ahora resulta que quienes se jugaron la vida defendiendo la democracia tienen que escuchar cómo se les acusa de fomentar el conflicto, mientras quienes callaban ante los tiros reciben alfombra roja en el Congreso. Debe de ser eso que llaman memoria democrática: una memoria tan selectiva que olvida las bombas lapa, los escoltas o los nombres en las lápidas.

Y claro, el presidente sonríe, posa, y dice que todo esto es por el «bien de España», como si él fuera España. Como si su sillón valiera una patria. Se diría que no gobierna un país, sino su ego. Que lo mismo le da Bildu que Junts, Puigdemont que Otegi, con tal de sumar un voto más en la investidura y una foto más en Moncloa. Lo que antes era «nunca jamás», ahora es «ya veremos». Y mañana, «por supuesto». No hay principios, hay calendario electoral.

Pero la ironía de todo esto es que el país sigue lleno de gente decente, de esas que no negocian sus valores, aunque les cueste el puesto. Gente que todavía cree que el bien no depende del recuento en el Congreso, sino del respeto a la verdad y a la justicia. Que no se tragan el relato de que «todos hicimos cosas mal», porque no, no todos pusimos bombas.

Quizá esa sea nuestra única esperanza: que, frente al ruido de tanto pacto, quede todavía quien distinga la decencia del teatro, y el servicio del poder. Quien recuerde que el legado no es sobrevivir a toda costa, sino marcharse dejando menos suciedad de la que había.
Aunque viendo cómo va el país, ya sería un logro que al irnos no tengamos que pedir perdón por haber mirado. Qué asco.

Mercedes Barona

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