El “Tornaviaje”, hallado por Andrés de Urdaneta en 1567, fue uno de los mayores descubrimientos del s.XVI y de toda la Edad Moderna. Gracias a él, por primera vez en la historia, pudieron conectarse plenamente todos los continentes conocidos y habitados por el hombre. Pero, ¿acaso sabíais que Hernán Cortés, el conquistador de México, estuvo a punto de anticiparlo mucho antes?
Una segunda “vuelta al mundo”
Tras la titánica gesta de Juan Sebastián Elcano, completando en 1522 el proyecto magallánico de alcanzar las Molucas por América y volver a España realizando la primera circunnavegación de la historia, Carlos V no podía dejar caer en saco roto la oportunidad que se le presentaba de cara a la Especiería. Para continuar las exploraciones y afianzar las posesiones en las islas del sudeste asiático, encargó en 1525 a frey García Jofre de Loaisa, comendador de la orden de San Juan, organizar una armada. Sin embargo, el viaje, que partió del puerto de La Coruña, fue un desastre, muriendo el propio Loaisa y Elcano (que se había vuelto a enrolar). Tan solo una nave, la Santa María de la Victoria, llegó al Maluco y fue destruida -en ella se encontraba Urdaneta-.
Antes de todo este caos, el petache Santiago se había extraviado el 1 de junio de 1526, aunque trató de reconducirse continuando el viaje previsto, siguiendo la costa occidental del continente americano. Como la comida iba en la nave capitana, los tripulantes pasaron mucha hambre y al parecer iban tirando, a duras penas, del huevo diario de una gallina que llevaba el capitán de la nave. Después de casi 2 meses de travesía, el 25 de julio,
exhaustos, llegaron a un cabo que decidieron explorar. Como no tenían batel, optaron por enviar a explorar al clérigo Juan de Arráizaga en una caja maltrecha que terminó por desbaratarse. Quiso la suerte que, en su socorro, acudiesen indios que lo terminaron salvando. Al poco, el religioso hizo señas a sus compañeros para que se aproximasen a la costa. No podía dar crédito. Aquella gente estaba cristianizada y conocía su idioma.
Cortés a la busca del Maluco
Se encontraban en Tehuantepec, Nueva España, a unas 7-8 jornadas a pie de la ciudad de México. Allí, un capitán de Hernán Cortés los auxilió, informó al de Medellín y los llevó a entrevistarse con él. Cortés, mediante carta, dará cuenta al rey y su misiva se cruzará con la cédula qué Carlos V envío al extremeño ordenándole preparar una armada que fuera a las islas de Maluco para auxiliar a la expedición de García Jofre de Loaisa.
Ansioso por una nueva empresa y reconfortar al rey, a fines de 1526 y principios de 1527, Cortés costeó personalmente y se entregó de lleno a preparar la armada de rescate y exploración que iría en busca de la expedición de Loaisa. Aquella oportunidad abría la posibilidad de cumplir el deseo de un Hernán Cortés que, desde hacía meses, pensaba en explorar el Oriente y se lo hacía saber así al emperador en su quinta Carta de Relación: “Yo
me ofrezco descubrir por aquí toda la Especiería…”.
El capitán sería Álvaro de Saavedra Cerón, pariente de Cortés recién llegado a Nueva España y posiblemente con experiencia como marino. Asimismo, el de Medellín se cuidó mucho a la hora de redactar las instrucciones, indicando cómo actuar en caso de topar con nativos o portugueses e incluso encargaba hacer una relación de los descubrimientos y plantas de aquellas tierras para intentar su aclimatación en México. Y es de sorprender que,
entre los tripulantes, se contaran un moro como traductor de árabe y un hindú de Calicut para las lenguas orientales.

La partida
El 31 de octubre de 1527 partieron de Zihuatanejo 110 hombres y las 3 naves que componían la armada de rescate: la nao Florida, la capitana, la nao Santiago y el bergantín Espíritu Santo. Lo que comenzó siendo una animosa aventura, pronto se tornó en un cúmulo de tragedias. Al día siguiente de zarpar murió el único cirujano. Pocos días después, la nao Florida comenzó a hacer aguas. Y, por si fuera poco, el 15 de diciembre ocurrió una desgracia aún mayor: la Santiago y el Espíritu Santo se separaron de la capitana y nunca más volvieron a verse. Saavedra Cerón mantuvo la entereza y la Florida continuó su viaje hasta llegar a un archipiélago de las Molucas, encontrando “gente crecida, algo morenos… largos los cabellos…”. A finales de enero pasaron a Mindanao -una de las islas más grandes de Filipinas, al sur- donde fueron asaltados por los naturales y perdieron un ancla.
En otra de las islas, los nativos recibieron con muy buen gozo a los españoles y Saavedra Cerón llegó a firmar un pacto de sangre con el rey local. Allí fueron agasajados rescataron a dos españoles y supieron de la existencia de otros compatriotas cautivos en Tidore. Rápidamente marcharon al auxilio de estos, pero por el camino trabaron un pequeño enfrentamiento con los portugueses, gracias a los cuales Saavedra Cerón pudo saber que aún quedaban algunos españoles de la armada de Loaisa bajo el mando del capitán Hernando de la Torre.
Con penas y sin gloria
Por fin, el 30 de marzo de 1528, Cerón encuentra en Tidore al capitán de la Torre. Allí, aprovechó para reparar la Florida y partió de Tidore el 3 de julio de 1528, con los 30 hombres que le quedaban, los españoles rescatados, cuatro portugueses y 60 toneladas de clavo. Pudieron verse ricos y quizás a salvo, pero la dulzura de la partida pronto se tornaría en ácido tornaviaje. Así pues, partieron hacia la Nueva España, pero, irremediablemente, el 19 de noviembre hubieron de regresar a Tidore.
Después de más de 6 meses de navegación y cabotar parte de Nueva Guinea -a la que llamaron “isla del Oro”-, la nueva ruta dibujada para la vuelta no ofrecía unos vientos favorables y el viaje se hacía tan desesperante que los cuatro portugueses llegaron a huir tras apoderarse de un batel. Aunque días después dieron con ellos y los ahorcaron e hicieron cuartos.
El 8 de marzo de 1529 volvieron a intentar el regreso a Nueva España. En esta ocasión cambiaron ligeramente la anterior ruta y trataron de orientarse todo lo posible al noroeste a pesar de los vientos contrarios. Siete meses después, cuando se encontraban en el paralelo 26° latitud norte, Álvaro de Saavedra murió a bordo del navío. Antes de expirar, el capitán recomendó a sus hombres que intentasen subir hasta los 30° para encontrar vientos
propicios. En caso contrario, les aconsejaba volver a Tidore. A punto estuvo de alcanzar la gloria. Treinta y seis años después, Andrés de Urdaneta logró el famoso “Tornaviaje” (1565) subiendo hasta los 39° 30′ latitud norte, encontrando la corriente del Japón.
El toledano Pedro Laso recogió el testigo de capitán, pero apenas pudo hacer gala de su mando. Moriría tan solo una semana después, quedando la nao a cargo del maestre y el piloto. A esas alturas, poco quedaba por hacer. Con los vientos siempre en contra, la Florida llego hasta los 31°, pero, como sólo quedaban 18 hombres, decidieron volver a Tidore en diciembre. Allí, los supervivientes se reunirían con los españoles que habían quedado junto
a Hernando de la Torre. Buscando una alternativa, de la Torre se puso al frente y marchó a Malaca, dónde un capitán portugués los apresó durante unos 2 años y los llevó a Goa (India). Unos 10 o 12 españoles más morirían y sólo un puñado logró escapar navegando infiltrados hasta Portugal, desde donde regresarían a España en 1534.
Un fracaso inesperado
Habían transcurrido siete años desde que aquellos hombres partieron en busca de los restos de la expedición de Jofre de Loaisa. Siete años en los que habían pasado de salvadores a salvados. En nada hubo gloria ni éxito: la oportunidad de Cortés fue una pérdida de dinero; la expedición del emperador se tornó en quebranto y el denuedo de los rescatadores por auxiliar a sus iguales terminó por costarle la vida a la gran mayoría de todos ellos. La expedición de Saavedra Cerón es el claro ejemplo de que, el que arriesga, no siempre gana.
Manuel Fuentes Márquez
Bibliografía:
Hernán Cortés. José Luis Martínez.
Viaje de Saavedra desde Nueva España. J. Génova Sotil y F. Guillén Salvetti.

