Decía aquel eslogan que “Hacienda somos todos”, y una lo repite convencida mientras hace el ritual de cada primavera: reunir papeles, cruzar facturas, jurar en voz baja y pulsar el botón de “enviar declaración”. Somos todos, sí, pero hay grados. No es lo mismo ser un trabajador por cuenta ajena que un gran inversor con asesoría fiscal en nómina. No es lo mismo que te retengan en nómina hasta el último céntimo que poder planificar “estratégicamente” tu renta con un ejército de contables que te explican que aportar aquí te desgrava allá y que, de paso, te sale a devolver aunque ganes diez veces más que el vecino.
A muchos nos toca resignarnos al papel del contribuyente pringado: ese que ni engaña ni puede acogerse a una rebaja legal porque no tiene margen alguno. Los asalariados viven en la jaula más transparente del sistema: Hacienda sabe lo que cobras, cuándo lo cobras y cuánto de ello se lleva sin que tú abras la boca. Los autónomos al menos juegan el deporte extremo de deducirse bolígrafos, cafés y gasolina. Pero el trabajador con nómina no tiene esa épica. Su contribución es automática, y su única emoción fiscal consiste en adivinar si este año le toca pagar cien euros o recuperar ochenta. A los ciudadanos de a pie nos exigen justificaciones de vida mientras a otros les diseñan justificaciones fiscales.
Y sí, hablo de esos otros: los que predican la justicia social desde el estrado mientras tributan —o hacen tributar a los suyos— fuera del país. El caso del hermanísimo, estableciendo su residencia fiscal en Portugal mientras vive, trabaja o recibe favores escondido en La Moncloa, no es una anécdota: es un símbolo. Es la constatación de que el discurso de “pagar entre todos” solo aplica cuando no te apellidas correcto. Mientras la clase media se deja la mitad del sueldo entre el IRPF, la gasolina y el IVA del pan, el núcleo familiar del poder encuentra en el país vecino un edén fiscal. No hay delito, claro —todo es legal, perfectamente ajustado a las normas—, pero es una indecencia política de manual.
En la actualidad, la Agencia Tributaria se ha convertido en una especie de notario universal de lo doméstico. Ya no se puede recibir un regalo de boda sin sospecha, ni aceptar una transferencia de los padres sin aportar factura, ni pasarse una décima del Ingreso Mínimo Vital sin que una alarma administrativa parpadee. La sospecha ha colonizado los gestos familiares: cualquier ayuda parece un fraude disfrazado de cariño. Y, claro, la dureza se concentra donde es más fácil obtener datos: en las cuentas de los ciudadanos corrientes, que no tienen bufetes caros que los blinden.
Ahora, con los precios disparados por la guerra de Irán, el combustible en niveles obscenos y la cesta de la compra convertida en ruleta, el Estado recauda más que nunca. Más IVA, más IRPF, más de todo. Sobrerrecauda. Pero en lugar de aliviar la carga del ciudadano —una bajada del IVA en alimentos básicos, por ejemplo, que sería lógica y tangible—, el Gobierno anunciará en breve con solemnidad un nuevo “escudo social”. La palabra “escudo” suena heroica, como si nos protegieran del meteorito.
Nos quitan veinte para devolvernos diez y encima quieren que demos las gracias. Bajar impuestos no luce en rueda de prensa. Lo que luce es anunciar ayudas, como si el dinero viniera de su generosidad y no de nuestras retenciones.
El problema no es pagar impuestos: una sociedad justa necesita una hacienda fuerte, igual que necesita hospitales o escuelas públicas. El problema es la sensación creciente de que el sistema no se aplica igual para todos. Que el pequeño contribuyente lleva décadas sosteniendo el invento mientras algunos juegan a la evasión de salón. Esa desigualdad fiscal erosiona más que la inflación. Porque genera cinismo. Y de ahí a la desafección no hay tanto camino: cuando sientes que el juego está trucado, lo natural es dejar de creer en las reglas.
Quizá “Hacienda somos todos”, pero algunos lo son en cuerpo y alma, y otros sólo de boquilla. La diferencia está en la casilla que marca quién puede permitirse pagar menos sin dejar de ser virtuoso.
Mercedes Barona

