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Hernán Cortés. La personalidad de un conquistador

25 febrero 2026

El tiempo lo borra todo, pero la Historia mantiene la huella del paso del hombre. Millones y millones de almas habitaron este mundo antes que nosotros y todas y cada una dejaron su impronta en el mundo y en su devenir. Pero, de entre todos, siempre ha habido algún individuo que, merced a sus méritos, habilidades o ingenio ha destacado por encima del conjunto. La biografía, ese género prendido por Heródoto y rizado por Hobsbawn, ha sido el género encargado de captar la psique de estos personajes. Hombres de la talla de Hernán Cortés, a quienes sus coetáneos y sucesores en la vida terrenal (detractores, aduladores y estudiosos) dedicaron extensas líneas señalando su personalidad y el espíritu que le empujó a conquistar aquel extenso dominio político controlado por los mexicas que hasta 1519 no alcanzaba a imaginar ningún europeo.

Está claro que hay que tener una gran personalidad para arriesgar todo, incluido la vida, en una empresa tan incógnita como la realidad que el Viejo Mundo comenzaba a desbrozar en la recién bautizada América. Pero, ¿qué sabemos en realidad del temperamento de Hernán Cortés?


Quizás habría que comenzar por su carisma, “la gracia cortesiana” (como me gusta llamarla). Sin duda, el rasgo más sobresaliente del conquistador extremeño. No se puede entender la figura de Cortés sin tener en cuenta su carisma. El de Medellín era bien conocedor de su virtud y no dudó en explotarla, ya fuera para conquistar a una dama o para terminar embaucando y engrilletando al mismísimo Moctezuma. De extraordinaria capacidad para la oratoria –aptitud reconocida por todos los que le conocieron- el verbo de Cortés era capaz de cautivar a españoles e indios. Es de admirar su capacidad para ver y aprovechar la fragmentación y debilidad de los pueblos sojuzgados por los aztecas a la vez que se ganaba la estima del gran señor de México. Ya lo decía en su primera Carta de Relación a Carlos I: “vista la discordia y disconformidad de los unos con los otros, no hube poco placer, porque me pareció haber mucho a mí propósito”.

Tampoco podemos olvidar la extraordinaria diplomacia y pragmatismo de Cortés. Demostró las dotes propias de todo buen político: don de la palabra, capacidad inventiva y diestro en la improvisación. Es cierto que la empresa prometía mucho, pero solo un imán como Hernán Cortés podía aunar a tantos hombres de tan variado y fuerte carácter en torno a una misma persona, encauzarlos hacia un objetivo común y sortear una y otra vez cada
uno de los obstáculos que se le presentaron en el camino.

Escultura de Hernán Cortés en Cáceres

Pero, de todas las condiciones de Cortés, la impulsora y motor de la mayoría de sus actos fue su espíritu inquieto e inconformista. Un espíritu innato que mamaría desde niño cuando escuchaba de sus mayores las andanzas de estos en la Reconquista. Él mismo trató de copiarlas de adolescente cuando intentó sin éxito sumarse a las campañas de Italia o embarcarse en cualquier expedición con rumbo al Nuevo Mundo. Era el prototipo del
conquistador de la época: un joven deseoso de entrar en acción, capaz de arriesgar su propia vida por buscar una fortuna que lo sacara del atolladero o mejorar notablemente su presente tal y como Miguel de Cervantes reflejó en “El celoso extremeño”: se acogió al remedio … que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España.

Pero Cortés superó este límite, pues si hubiese querido, al concluir la conquista de Tenochtitlán, podría haber puesto punto y final a su carrera conquistadora y dedicarse a descansar y gozar de sus cargos y ganancias. Pero tan sólo hay que echar un vistazo al extenso historial que dejó al final de su vida: promotor del descubrimiento del Pacífico mexicano, parte del asiático, del peruano…; buscador incansable del famoso paso que conectara los dos océanos; la expedición a las Hibueras (Honduras); infinitos negocios y empresas que tocaron casi todos los sectores económicos existentes; la participación en la campaña de Argel… y un sinfín de pleitos con antiguos conquistadores, oficiales reales y la propia Corona.

De su religiosidad podríamos decir algo. Hernán Cortés era una persona muy creyente, al igual que la ingente mayoría de las personas de su tiempo. Devoto de la Virgen de Guadalupe, su fervor religioso es más que conocido. En su juicio de residencia sobran los testigos que confirman que era hombre de misa diaria y rezo de dos horas. Basta con leer sus escritos, en los cuales hace continua mención a su deseo e intención de servir a Dios.
De hecho, Cortés es un ejemplo más del caballero cristiano que lucha contra el infiel en guerra justa para extender la fe verdadera y la Palabra de Dios. Qué duda puede caber de alguien que mostró una constante preocupación por la falta de religiosos en Nueva España para su evangelización, demandándolos reiteradamente al emperador y precipitando la llegada de los famosos “Doce Apóstoles de México” (fray Juan de Zumárraga, Motolinia,
Pedro de Gante…)

Y no podemos por menos obviar algo tan importante como el desapego de su patria natal y la enorme identificación que demostró desde el primer momento con respecto a la tierra que conquistó. Tras su partida a América, Cortés apenas volvió a pisar Medellín, tan solo se recuerda su paso por la villa extremeña a su vuelta a España en 1528, cuando por fin regresó a España tras casi 25 años después de haber partido. En todo momento buscó y
se las ingenió atrayendo nuevos pobladores desde España y haciendo que echasen raíces en su nuevo hogar. Así mismo, trató de guardar un “buen trato” con los naturales para evitar el desastre humano que él había visto producirse en las Antillas españolas. Cortés se enamoró profundamente de la Nueva España que bautizó, luchó por engrandecerla y hacerla valer como el gran dominio que era: la perla transoceánica de la Corona Española.
Para entender este sentimiento basta recordar el episodio previo a su muerte, cuando estando en España, ya anciano -había regresado creyendo que podría volver a ganarse el favor del emperador-, la Corona le impidió cumplir su última voluntad de poder volver a Nueva España para morir en paz. Viéndolo imposible, Cortés, muy apenado, dejará escrito en su testamento su deseo de poder trasladar sus restos en un futuro al virreinato que
floreció tras su primera administración.

Hete el genio, he aquí la personalidad de Hernán Cortés. La personalidad de un hombre único que, como tantos otros de su raza aventurera y su especie fue capaz de cambiar la historia y dejar su huella.

Manuel Fuentes Márquez

librosylanzas.com


Bibliografía:
José Luis Martínez, “Hernán Cortés” (1992) UNAM.
Esteban Mira Caballos, “Hernán Cortés, el fin de una leyenda” (2010) Editorial Palacio de los Barrantes-Cervantes.

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