Hay palabras que nacen para explicar el mundo y, con el tiempo, acaban sirviendo sólo para maquillarlo. Resiliencia, transversalidad, poner en valor, ecosostenible… se pronuncian en ruedas de prensa, en informes, en campañas, en discursos motivacionales y, a fuerza de repetirse, pierden peso, sustancia y sentido. Son como globos muy vistosos: llenan mucho espacio, pero por dentro solo tienen aire. Un bluff.
Resiliencia, por ejemplo, empezó siendo un concepto útil: la capacidad de una persona o una comunidad para sobreponerse a la adversidad. Ahora se utiliza para justificarlo casi todo: precariedad laboral, recortes, falta de medios, sufrimiento cotidiano. Si te quedas sin trabajo, si no llegas a fin de mes, si tienes que encadenar tres empleos, no te preocupes: sé resiliente. El problema deja de ser estructural y se convierte en un reto personal. No hace falta arreglar la realidad si logramos que te adaptes a ella con una sonrisa. Ya, claro.
Lo mismo ocurre con «poner en valor», esa expresión comodín que sirve igual para hablar de un informe, de una tradición, de una ley o de un barrio. Nadie sabe muy bien qué significa exactamente, pero suena a algo importante. Antes bastaba con reconocer, defender, mejorar, proteger. Ahora todo se «pone en valor», que viene a ser como decirlo todo sin concretar nada. Si alguien no explica cómo, con qué recursos y en qué plazos va a «poner en valor» algo, lo más probable es que estemos ante humo envuelto en celofán lingüístico.
«Transversalidad» es otra estrella del vocabulario contemporáneo. Todo es transversal: la igualdad, el medio ambiente, la juventud, la digitalización. Se promete un enfoque transversal y, al final, muchas veces lo que hay es un puzle de actuaciones inconexas, cada una a su aire. La palabra queda muy bien en el power point, con flechas de colores cruzando la pantalla, pero rara vez se traduce en cambios coordinados y reales. Y para no hacer nada.
Y qué decir de «ecosostenible», convertida en etiqueta mágica para absolver casi cualquier cosa: desde una semana de descuentos frenéticos hasta un macroevento que genera toneladas de residuos. Basta con añadir el prefijo «eco» para vestir de verde prácticas que no lo son. El lenguaje se convierte entonces en un escenario donde todo es responsable, circular, verde y sostenible… siempre que no se mire demasiado de cerca. Para que las cosas tengan «un buen lejos», que diría una amiga mía.
El problema no es sólo estético. Cuando el lenguaje se llena de palabras huecas, la política y la vida pública pierden claridad. Y cuando se vacían de sentido conceptos que deberían ser serios, se facilita su manipulación. Ahí entra el uso partidista de términos como «feminismo». Una palabra que nació y se consolidó como lucha por la igualdad entre hombres y mujeres se ha convertido, en manos de unos y otros, en arma arrojadiza. Unos se lo apropian como sello exclusivo de pureza ideológica; otros lo utilizan como espantajo para asustar y polarizar. Sobre cómo hacerlo realidad se habla menos.
No es el único caso. Pasa con «libertad», con «patria», con «democracia», con «inclusión». Palabras que deberían protegerse entre todos se convierten en marcas registradas por determinados partidos o líderes, que las usan como si les pertenecieran. Y cuando un concepto pasa a ser propiedad de una trinchera, deja de ser un terreno común para convertirse en frontera.
Quizá haya llegado el momento de hacer algo tan sencillo —y tan difícil— como volver a las palabras claras. Llamar a las cosas por su nombre, sin disfraces ni barnices. Si hablamos de recortes, decir «recortes»; si hablamos de desigualdad, decir «desigualdad»; si hablamos de odio, decir «odio». Y si hablamos de feminismo, de libertad o de sostenibilidad, recuperar su sentido profundo, lejos del marketing y del cálculo partidista.
Porque las palabras, como las ideas, no tienen dueño.
Porque cuando el lenguaje se llena de humo, la ciudadanía termina respirando confusión.
Y una democracia confundida es siempre una democracia más frágil. El primer gesto de respeto hacia quien escucha es no engañarle con palabras bonitas que ocultan vacíos incómodos. Y eso, al final, no exige resiliencia ni transversalidad: exige decencia. Y visto lo visto, los de las palabras ampulosas son los más indecentes.
Mercedes Barona

