Pues yo no quiero que nadie sustituya a mis vecinos.
Ni siquiera a Don Miguel, con sus puros en el ascensor, que convierten el portal en una mezcla de club de fumadores y túnel del terror. Ni a la del tercero, que se queja de todas las derramas como si la comunidad de propietarios fuera una conspiración personal contra ella. No quiero que los cambien por otros «mejores», seleccionados en algún Excel de despacho, con criterios de corrección ideológica, cupos o ingeniería social.
No quiero que sustituyan a la de la floristería, que suelta sin rubor aquello de que «con Franco vivíamos mejor» mientras ata un ramo precioso de margaritas, pero no se plantea cargarse a nadie, ni reinstaurar una dictadura, ni pasar listas de indeseables. Tiene una opinión que seguramente no comparto, pero entra en el lote de gente con la que convivo, discuto, disiento y, a veces, hasta me río. Es la vida real: contradictoria, incómoda, imperfecta.
El problema no es que existan personas que piensen distinto, sino esa pulsión creciente de convertir al discrepante en enemigo, al vecino pesado en amenaza, al votante de la otra esquina del tablero en objetivo a «reventar», como proclamó, sin pestañear, una dirigente que se cree demócrata. Yo, qué quieren que les diga, no creo en reventar a nadie por el solo crimen de encontrarse en las antípodas de mis creencias. Me da más miedo esa violencia simbólica —y muchas veces literal— que el señor del puro o la florista nostálgica.
Otra cosa es cerrar los ojos. Sí quiero que vengan personas de otros países a España. Que vengan a trabajar, a convivir, a mezclarse en el desorden amable del barrio: que los hijos compartan pupitre, que aprendan a discutir de fútbol en la barra del bar, que hagan cola en la panadería y se desesperen, como todos, con la burocracia. Pero quiero también saber quiénes son, de dónde vienen, qué han hecho allí. No por morbo, sino por una mínima responsabilidad con la comunidad que ya existe y con la que llega. La convivencia no se improvisa, se cuida. No es un experimento sociológico, es el día a día de la escalera. Si no, son guetos.
Lo que no quiero —y aquí está el nudo— es que la forma en la que se va a componer la sociedad española en las próximas generaciones se decida en un pasillo oscuro. Sin Congreso, sin debate, sin luz ni taquígrafos. Sin memoria, sin antecedentes, sin una discusión adulta sobre qué modelo de país queremos y qué precio estamos dispuestos a pagar. Me inquieta esa sensación de que la partida se está jugando en otra mesa, en un reservado donde nunca hay sillas libres para los demás.
Y, sobre todo, no quiero que todo eso se decida de manera unilateral por un gobierno acorralado, que ha hecho de la huida hacia adelante su única estrategia. Un gobierno que paga a sus socios —en leyes, en gestos, en silencios— facturas que luego nos pasan a todos. Los equilibrios parlamentarios son legítimos; las mayorías, también. Pero no es admisible utilizar el futuro demográfico, cultural y social de un país como moneda de cambio en una negociación desesperada.
Hay una forma muy infantil de mirar la realidad: dividirla entre los buenos (los míos) y los malos (los otros), y justificar cualquier atropello contra los malos porque, total, se lo merecen. En ese esquema, el vecino incómodo no es un vecino: es un obstáculo. Quien piensa distinto no es una ciudadana: es una reliquia a eliminar. El que vota al partido equivocado ya no es un compatriota: es pura materia de odio. No hay convivencia posible cuando sólo se admite la unanimidad.
Yo quiero seguir discutiendo con mis vecinos en la junta de comunidad. Quiero que el del puro siga molestando —y que el presidente le recuerde, un día sí y otro también, que está prohibido fumar en el ascensor—. Quiero que la de la floristería siga teniendo libertad para decir lo que se le ocurra sobre el pasado, aunque yo no lo comparta. Quiero que el barrio sea un lugar donde la gente se lleve la contraria y, aun así, comparta escalera y comentarios sobre esta lluvia que no cesa.
Porque la amenaza no es el vecino que piensa diferente, sino el discurso que te susurra al oído que, si desapareciera, vivirías mucho mejor. Que habría que «reventar» al otro, sustituirlo, cancelarlo, expulsarlo del mapa. Yo, en cambio, quiero seguir cruzándome con toda esa gente en la panadería, en el portal, en el parque. Que me hagan rodar los ojos, que me enfaden, que me obliguen a pensar. Eso también es democracia: aprender a vivir con quienes jamás invitarías a tu casa, pero a los que no quieres ver borrados de tu calle.
Mercedes Barona

