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Luis de Oteyza

Nacido de forma casual en Badajoz, Oteyza pertenecía a una familia acomodada —el padre era inspector de Timbres— de origen vasco afincada en Madrid. Allí realizó sus estudios en el Colegio Martínez de la Rosa y en el Instituto Cardenal Cisneros. Su espíritu aventurero le llevó a matricularse a continuación en la Escuela Naval, por la que pasó fugazmente, debido a su cierre, antes de matricularse en Ingeniería Industrial. Como tantos otros, abandonó finalmente los estudios por la literatura y el periodismo, y en 1905 ingresó en la redacción de El Globo, colaborando además en La Nación Madrid Cómico. Inicialmente se dedicó también a la creación poética, en una línea tardorromántica —Flores de Almendro (1903)—, que pronto se teñiría de tonos modernistas —Brumas (1905), con prólogo de Francisco Villaespesa—, pero la necesidad de buscar ingresos fijos —el 20 de mayo de 1907 se había casado con María Hernández de Tejada— le llevó a realizar oposiciones al Banco de España, ganando un puesto en Oviedo, donde no dejó de colaborar en la prensa. Pronto abandonó este trabajo y marchó a Cartagena para convertirse en director de La Tierra. En 1909, año en que nació en Madrid María Luisa, la primera de sus cinco hijos, viajó a Barcelona para entrar en la redacción de El Liberal, que dirigió a partir de 1912. En 1914 regresó a Madrid como redactor de El Imparcial, labor que simultaneó con la redacción de exitosos anecdotarios históricos, llenos de humor e ironía. En 1919 estuvo entre los fundadores de La Libertad, que pronto llegó a dirigir. Por este periódico fue como corresponsal a Marruecos, publicando una serie de exitosas crónicas, luego recogidas en el volumen Abd-El-Krim y los prisioneros (1924). En 1925 dejó España y marchó a Filipinas, donde vivía su hermano Carlos. Comenzó entonces una nueva etapa en su obra literaria y periodística, centrada en libros de viajes sobre Asia, como En el remoto Cipango. Jornadas Japonesas (1927), y en novelas de temas exóticos, como la exitosa El Diablo blanco (1928). De una de esas experiencias viajeras surgió su novela más interesante, Anticipolis (1931), sobre la vida en una urbe moderna cuyo modelo es Nueva York.

De vuelta en España a comienzos de la década de 1930, comenzó una carrera política vinculada al republicanismo, que le ganó un puesto diplomático en 1934 como enviado especial a Venezuela. Descontento con el giro radical que a su juicio tomó la República durante la guerra, retiró su apoyo al Gobierno y fue destituido de su cargo. Marchó entonces a Nueva York como corresponsal de los diarios más importantes de América latina. Tras una breve estancia en Cuba para trabajar en el Diario de la Habana, en 1942 regresó a Venezuela, donde se convirtió en asesor editorial del semanario Sábado, viviendo en su capital hasta su muerte.

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